Fotografía: Joakín Fargas
Como todo el mundo sabe, Maximiliano Guerra ocupa un lugar junto a Paloma Herrera y Julio Bocca en el podio de los bailarines más prestigiosos de Argentina. "Tal vez la carrera del bailarín sea solitaria, pero también te brinda la posibilidad de conocer a personas y ciudades maravillosas", dice.
Cuando Maximiliano Guerra tenía cinco años, su madre lo inscribió en River Plate porque temía que derrumbara las paredes de la casa a pelotazos. El niño fantaseaba con parecerse a Norberto Alonso, no a Rudolf Nureyev. Al cumplir siete años, Guerra comenzó a oficiar de “alcanzapelotas” en algunos partidos de Primera División del club de Núñez, pero, a los diez, su vida dio un vuelco inesperado: se encontró con la danza.
“Me entusiasmó porque combina destreza física y música”, afirma. Luego, agrega: “La música estaba muy presente en casa; mi viejo era compositor y pianista. Empecé a tomar clases de danza y, poco después, tuve la suerte de entrar en la escuela del Teatro Colón”. Así, llegó a representar un pequeño papel en el escenario más emblemático de Buenos Aires. “En ese momento, descubrí que quería dedicar mi vida a la danza”, comenta.
Hoy, Guerra tiene 41. Se ha desempeñado como primer bailarín en muchos de los teatros más importantes del planeta –el Bolshoi de Moscú, el San Carlo de Nápoles, el Royal Albert Hall de Londres, el Metropolitan Opera House de Nueva York– y aún se brinda a la danza con la pasión que sus palabras traslucen.
¿Influyeron tus padres en tu formación?
Muchísimo. Mis viejos fueron muy inteligentes a la hora de presentarnos la vida a mi hermana y a mí. Nos mostraron que podíamos probar un montón de cosas y ver si teníamos condiciones para llevarlas a cabo. Tomamos clases de dibujo, cerámica, fútbol, natación, judo y, por supuesto, danza. Si veían que la pasábamos bien, nos brindaban todo su apoyo.
¿Quién te enseñó a bailar?
La plataforma de mi carrera, por decirlo así, me la dio el maestro Wasil Tupin, que vivía a pocas cuadras de mi casa. Era un gran profesor y un tipo muy sabio. Él me enseñó a enfrentar la vida como artista. Luego, en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón aprendí otras cosas, como maquillaje, danza contemporánea, danza española… El Instituto me permitió vivir la cotidianeidad de una compañía y presenciar los ensayos de los grandes bailarines. Eso resultó muy importante para mí.
¿Cuál fue tu primer trabajo estable en una compañía?
Fue en el Ballet del Teatro Argentino de La Plata. Yo tenía 15 años. Ahí, aprendí de todo. Recuerdo aquella época con muchísimo cariño.
¿Ya fantaseabas con estar en el elenco estable del Colón?
Aunque soñaba con ser primer bailarín del Colón, mi objetivo no estaba tan claro en ese momento. Quería trabajar en el día a día para que surgieran oportunidades. Tampoco pensaba en viajar al exterior; mi meta era compartir escenario con los bailarines a los que admiraba y que venían de gira al país.
Sin embargo, a los 21 años, realizaste tu primera gira en el exterior con la compañía de ballet de Los Ángeles.
Es cierto. Yo había trabajado en Buenos Aires con John Clifford, el director del ballet. Él había montado tres coreografías aquí. Después de esa experiencia, nos invitó a Eleonora Cassano y a mí a participar en una gira de tres meses por Estados Unidos y Canadá. Íbamos a pueblitos donde no nos dejaban hacer la función de El corsario porque yo bailaba con el torso desnudo. Se trató de la primera gira en la que pasé tanto tiempo arriba de un colectivo; hacíamos funciones día por medio.
EN EL AIRE
A la edad en que la mayoría de los jóvenes van de la casa al colegio y del colegio a la casa, Maximiliano Guerra estaba perfeccionando sus dotes de bailarín con los maestros Wasil Tupin, Mercedes Serrano, Mario Gallizi, Leandro Regueiro, Woiteck Lowsky y Stanley Williams.
Muchos dicen que el ballet es un arte cruel porque depende de la juventud y del estado físico de los bailarines. Guerra entendió eso rápidamente y se armó de paciencia y rigor para construir una carrera que sigue en pie.
Cuando tenías 15 años, cobrabas tu propio sueldo. ¿Qué significaba eso para vos?
Era un placer y un honor. Podía colaborar en mi casa. También implicó una gran responsabilidad porque tuve que aprender a administrar mi dinero. Creo que la independencia económica precoz me hizo sentir perdido y, a su vez, me hizo madurar mucho. Tuve mucha libertad de golpe.
¿La carrera de un bailarín es solitaria?
Creo que sí, aunque depende de cada uno. Viajás sin parar y estás solo en países donde hablan otro idioma y tienen costumbres que desconocés. Yo trataba de estudiar la cultura de cada lugar para disfrutarla. Tal vez la carrera del bailarín sea solitaria, pero también te brinda la posibilidad de conocer a personas y ciudades maravillosas.
En tu trabajo, ¿qué alcance tienen el rigor, la exigencia física y la disciplina?
¡Uno pasa por etapas distintas! Al principio, el esfuerzo es enorme; luego, te preguntás qué querés hacer realmente y hasta dónde soportará tu cuerpo si no bailás; después, sos un bailarín profesional con todas las letras y, cuando llegás a esa instancia, el trabajo es muy fuerte. El rigor físico no desaparece nunca, aunque algunas obras te exigen más energía que otras. Para mí, la clave pasa por las horas de sueño; no puedo subir al escenario si antes no dormí una siesta.
¿Cómo te llevás con los ensayos?
Soy disciplinado, pero no soy un fanático de los ensayos. Prefiero “desarrollar” la obra durante las funciones. En una época, por ejemplo, dejé de bailar El lago de los cisnes y El cascanueces porque no sentía nada con los personajes que debía interpretar y me costaba agregarles nuevo. Sin embargo, me reencontré con esas obras algunos años después y las disfruté muchísimo.
¿Qué ocurre cuando no tenés química con una compañera?
En un momento, más allá de la química que tengas con tu compañera, resulta más importante la dimensión mágica del escenario. Con algunas colegas no cruzo una palabra cuando terminamos de ensayar, pero durante la obra predomina el personaje, no la persona. He interpretado Romeo y Julieta con una bailarina con la que nos llevábamos muy mal; sin embargo, se abría el telón y estábamos enamoradísimos.
¿El universo de la danza es muy competitivo?
En una época, había en el mundo cinco o seis primeros bailarines a los que llamaban de todos lados todo el tiempo; entre ellos, estábamos Julio [Bocca] y yo. La competencia no era con los colegas sino con uno mismo; la cuestión pasaba por estar en el mejor estado cada vez que nos llamasen. Eso genera una exigencia terrible para el cuerpo. Una noche, bailé en Tokio, viajé a Londres pocas horas después, allí tomé un vuelo a Buenos Aires y luego viajé a Córdoba, donde tenía una función. Yo sentía que esas cosas valían la pena y me daban mucho placer.
¿Tuviste que ajustar algunas cuestiones técnicas para ingresar en una compañía extranjera por haberte formado en Argentina?
Eso ocurre siempre. Los argentinos contamos con una formación muy amplia porque la escuela del Colón recibe influencias de todo el mundo; por eso los bailarines argentinos son tan buscados en Europa. Mi primer trabajo fijo en una compañía extranjera fue en Londres; era un laburo totalmente distinto a los que estaba acostumbrado a hacer y tuve que adaptarme no sólo a la compañía sino también a los coreógrafos. En general, las compañías te dan cierto tiempo de adaptación, pero uno quiere hacer las cosas rápido. Por eso, es clave estudiar la historia de la danza.
¿Los nuevos bailarines se interesan en la historia de la danza?
Actualmente, los jóvenes sólo ven lo que tienen delante de sus narices. Nosotros, en otra época, investigábamos mucho porque queríamos saber cómo trabajaba cada coreógrafo; entonces, nos resultaba más fácil adaptarnos a una compañía. Hoy, los bailarines buscan el estrellato sin darle importancia al origen de este oficio. La danza es un arte y, como tal, constituye un reflejo de la sociedad en que vivimos.
EL SUR TAMBIÉN EXISTE
Aunque vivió muchos años en Londres, Milán y Berlín, Guerra siempre supo que su lugar estaba en Almagro. En 2003, fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y se instaló en su antiguo barrio junto a su esposa, Patricia Baca Urquiza, a quien conoció en el Ballet del Mercosur, compañía que el bailarín fundó en 1999 y en la que se desempeña como director artístico. Con ese ballet, Guerra les brindó un espacio a jóvenes talentosos y le restó solemnidad a la danza. Una de sus mayores renovaciones en el escenario fue el perfil rockero que les impregnó a sus espectáculos. En 2004, estrenó Sí , una obra elaborada con Charly García y, en 2006 y 2007, presentó Argentino , un show con música de Bersuit Vergarabat. “Nunca tuve miedo de abordar nuevas músicas y nuevos estilos de danza”, dice.
¿Cómo surgió la idea de fundar el Ballet del Mercosur?
A fines del siglo XX, en Argentina se hablaba mucho de la alianza de los países latinoamericanos. Se había armado bastante revuelo a nivel político y yo me enojé porque creo que las naciones se unen a partir de la cultura, no a partir de la economía. Entonces, se me ocurrió formar un ballet en el que convivieran, por ejemplo, músicos brasileños, coreógrafos paraguayos y diseñadores chilenos. La crisis de 2001 complicó un poco la situación, pero seguimos trabajando sobre esa idea.
¿Hay compañías similares en otras partes de Latinoamérica?
Sí. Debo decir que la coreografía brasileña está a años luz de la de los otros países; en ese sentido, Brasil es como la Alemania de Latinoamérica. En Chile, la compañía más importante tiene un montón de bailarines argentinos. En Uruguay, está la Escuela del Sol, que es muy buena. En Paraguay, por ejemplo, también hay coreógrafos talentosos.
¿Cómo se te ocurrió mezclar el rock con la danza?
Estaba en Roma haciendo Astor, el ángel y el diablo de Piazzolla y, al momento de diseñar la coreografía, pensé en musicalizarla con “This Ain’t a Love Song”, un tema de Bon Jovi que me gusta mucho. Al público le encantó. Entonces, cuando volví al país, empecé a hacer coreografías con música de Phil Collins, de Aerosmith y de rockeros argentinos.
Así nació Sí .
Claro. Fui a la casa de Charly, le conté la idea que tenía y se prendió. Fue un trabajo genial, pero muy cansador. Él arrancaba a las 10 de la noche y terminaba a las 6 de la mañana. Por suerte, resultó increíble.
¿Con la música de qué otros artistas te gustaría armar algo?
No me daría miedo interpretar una obra con música de Andrés Calamaro, Los Piojos o el Indio Solari. Estoy convencido de que toda la música se puede bailar, siempre y cuando la calidad de la puesta sea excelente. Durante una presentación de Argentino en Mendoza, una señora de 90 años, conservadora, tradicionalista, se mostró encantada con la música de la Bersuit.
SEGUNDA CASA
En junio, durante un concierto que dio con la Ópera Estatal de Berlín en el Luna Park, Daniel Barenboim criticó a las autoridades del gobierno porteño por el estado del Teatro Colón y por los atrasos en la restauración del mismo. “Que el Colón no esté abierto es un indicio de que algo no está funcionando bien en el país”, dijo el prestigioso director argentino en aquel momento.
Maximiliano Guerra no oculta su enojo por la situación actual del teatro que lo vio nacer. “Además de que es mi segunda casa, el Colón es el mejor teatro del mundo. Lamentablemente, lo están administrando muy mal”, asegura.
¿Cómo vivís el atraso de las remodelaciones?
Me parece bien que se hagan remodelaciones, pero me entristece que no tengan consciencia de la historia de las paredes que están tocando. Seguimos sin entender que el cargo de director general del Colón debe verse como un puesto artístico, no como un puesto político. Está claro que se debe manejar una cuestión política porque el teatro forma parte de una ciudad, pero tiene que haber una visión empresarial-artística seria y honesta.
Pese a todos los obstáculos, en Argentina siguen surgiendo grandes bailarines.
Sin duda. Julio [Bocca], Paloma [Herrera] y yo somos los más conocidos, pero hay una cantidad extraordinaria de bailarines argentinos desperdigados por el mundo. Lamentablemente, no hay una política cultural para retenerlos en el país. La danza es como el fútbol: los mejores juegan en el extranjero.
¿Estás pensando en tu retiro de la actividad?
Mientras yo disfrute y el público también, voy a seguir bailando. Hay que estar muy atento a lo que la vida te proponga. No le tengo miedo a los cambios. Cuando tenía 33, estaba muy arriba en mi carrera y me rompí el talón de Aquiles. Algunos me dijeron que nunca me recuperaría del todo, que ya nada sería lo mismo. Durante mi recuperación, empecé a tocar la guitarra, compuse canciones e hice un montón de cosas para ver si la vida me mandaba para otro lado. Sin embargo, seis meses después estaba bailando en Alemania. No voy a decir “a los 45 dejo de bailar” porque, ¿qué pasa si a esa edad tengo más ganas de bailar que ahora?
Por lo pronto, seguís con proyectos y desafíos.
Sí, hace dos meses estrené Secuencias , un espectáculo que explora las distintas etapas del amor. La idea es salir de gira por las provincias y presentar una faceta del Ballet del Mercosur que quizá no esté tan ligada a lo popular.
2 comentarios:
¿la gira se extenderá al resto del país? ¿hacia fines de nov habrá funciones en bs as?? gracias!
¿la gira se extenderá al resto del país? ¿hacia fines de nov habrá funciones en bs as?? gracias!
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